"Mi papá se nos escapó dos veces"


Hace unas semanas, una familia me contó su historia. La comparto porque sé que hay miles viviendo lo mismo en silencio.


Su papá se les escapó dos veces.


La primera vez apareció en una comisaría. Nunca supieron cómo salió. Tenían todo cerrado — puertas, ventanas, rejas. Todo.


Para la segunda vez ya le habían puesto un AirTag. Sabían exactamente dónde estaba. Lo veían moviéndose en la pantalla del teléfono. Pero saber dónde está no evita nada. Mientras miraban el punto en el mapa, su papá estaba escalando un muro con puntas de protección. Se desgarró el brazo.


La tecnología te dice dónde está. No lo protege.


Cuando me contaron eso, la hija me dijo algo que se me quedó grabado: "Ahí me di cuenta de que no lo estaba acompañando. Lo estaba encerrando."




Hay una pregunta que las familias no se hacen, porque duele: ¿estamos cuidando a nuestro adulto mayor, o solo estamos sobreviviendo a la convivencia?


Porque cuando pones doble llave, cuando subes la reja, cuando escondes las llaves del portón... no estás cuidando. Estás conteniendo. Y tu mamá, tu papá, tu abuelo — lo sabe. Sabe que no puede salir. Sabe que está encerrado en su propia casa.


Y las familias se dicen que es "por su seguridad". Pero en el fondo saben que es porque no tienen otra opción. Porque trabajan. Porque no pueden pagar una cuidadora todo el día. Porque el hogar permanente les parece demasiado. Porque nadie les enseñó a manejar esto.


Los números dicen lo que las familias callan.


En Chile, más de 170 adultos mayores han desaparecido desde 2023 sin ser encontrados. Cada año, la PDI recibe cerca de 10.000 denuncias por personas extraviadas. En la Región Metropolitana se concentra la mayor cantidad de casos.


Muchos son adultos mayores que simplemente salieron de su casa. Solos. Desorientados. Mientras alguien que los quiere estaba trabajando, haciendo las compras o durmiendo.


No es negligencia. Es una realidad que miles de familias viven todos los días sin saber que hay alternativas.


Esa familia tampoco lo sabía.


Después del segundo escape, empezaron a buscar opciones. Hogar permanente: no querían. Cuidadora: ya habían tenido malas experiencias con extraños en la casa. Dejarlo solo: ya no era opción.


Así llegaron a un centro diurno. Un lugar donde tu familiar mayor va durante el día, participa en actividades, está acompañado por profesionales, y tú lo pasas a buscar en la tarde. No está encerrado. No está solo. Está activo, estimulado y seguro.


Hoy su papá está en VivaEdad. No mejoró — no mejora. Pero se mantiene, llega cansado a la casa, y lo ven difícil que escape de nuevo. No porque esté encerrado, sino porque durante el día está ocupado, acompañado, activo. Ya no necesita escapar, llega a dormir.



Si estás leyendo esto y te identificas — si tienes las llaves escondidas, si pusiste otra chapa, si cada vez que suena el teléfono en la pega piensas "ojalá no sea por mi viejo" — quiero que sepas que no estás solo. Y que hay otra forma.


No se trata de institucionalizar. Se trata de acompañar con dignidad.


Si conoces a alguien que está viviendo esto, comparte este artículo. A veces lo que más necesitamos es saber que hay otra opción.


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