

Hoy conocí a una persona de poco más de 100 años.
Mi primer pensamiento fue casi inevitable: esta persona nació en la década de 1920. Vivió la evolución del cine, desde el blanco y negro mudo hasta las pantallas 3D. Fue testigo de dos guerras mundiales que redibujaron el mapa del planeta. Conoció personajes que hoy solo existen en los libros de historia de Chile. Vio nacer el diario impreso, ese ritual matutino de papel y tinta, y lo vio transformarse, casi desaparecer ante los medios digitales.
Tantas cosas pasaron por mi cabeza en esos primeros segundos.
Pero un solo pensamiento me dominó por encima de todo.
La llamaré la señora "+100", para respetar su privacidad y está aquí, en VivaEdad, participando en las actividades del centro gracias al amor de su familia. Eso lo dice todo. Porque vivir más de un siglo no es solo una proeza biológica: es el resultado de haber cuidado la salud, de haber construido lazos, de haber formado una familia que hoy, décadas después la quiere tener bien. Tan bien, que la traen a nuestro centro para que siga activa, conectada, presente.
Antes de la sesión, la terapeuta y yo no dudábamos de si podría hacer las actividades. Lo que nos preguntábamos era algo más fino: ¿podría hacerlas de manera genuinamente beneficiosa? ¿Habría frustración si algo no le salía? ¿Algún sentimiento negativo que no quisiéramos provocar?
La respuesta llegó sola, con la mejor energía posible.
La señora "+100" es un amor de persona. Se rió. Contó anécdotas. Nos invitó al campo. La pasó realmente bien, y se fue tan contenta que a nosotros nos dejó el pecho lleno de algo que cuesta describir con precisión, pero que se siente claramente: esa mezcla de alegría, gratitud y propósito que te recuerda por qué haces lo que haces.
No pude dejar esto para después. Necesitaba escribirlo ahora.
Porque este momento me genera dos cosas al mismo tiempo.
Primero, un encanto genuino: ver a alguien que ha atravesado un siglo entero de historia humana, y que todavía tiene esa chispa, esa disposición, esa capacidad de conectar con otros y disfrutar el momento.
Segundo, un desafío enorme: la familia que crió a la señora "+100", que hoy la trata como el tesoro que es, nos confía su bien más preciado. Y eso no es un dato menor. Eso es una responsabilidad que tomamos muy en serio en VivaEdad, y nos comprometemos a atenderla con todo el cariño que se merece.
Y hay algo más que quiero decir con total sinceridad: solo queremos que vuelva. Que vuelva para seguir preguntándole cosas —a grito pelado si hace falta, porque la señora "+100" es un poquito sordita— y que nos siga contando de su vida, de su campo, de todo lo que ha visto en más de un siglo. Porque cada historia que tiene guardada es un regalo que no tiene precio.
Gracias, señora "+100", por recordarnos que nunca es tarde para seguir viviendo bien. Y si en alguna de sus próximas visitas, porque visitas habrá, eso se lo prometemos nos regala el secreto para llegar a los +100, se lo vamos a agradecer